Guerra de autómatas
El doctor sabía que los sentimientos de su amigo eran fruto del chip “R-24F”, que causó todo el revuelo durante los años siguientes, ya que los robots tomaron plena conciencia de su existencia, su situación de desventaja con la humanidad y quisieron reclamar una parte de ese mundo que consideraban tan fácil de compartir entre ambos.
Los “sangrantes”, que era como los “metálicos” habían llamado a los humanos, eran considerados menos “humanos” que los propios robots. Los robots podían hacer lo mismo que los hombres, con la ventaja de no sentir cansancio, dolor o necesitar alimento tan rápidamente. La batería celulósica de Iones hacía que la energía atómica pareciera un juego de niños. Gracias a ella, el funcionamiento de los robots estaba asegurado durante milenios. Todos y cada uno de los robots se conectaban por microondas a la unidad central de energía, situada bajo tierra en un lugar inaccesible sin medios adecuados.
Así, entre 13 y Mario había una complicidad que no se hubiera comprendido fuera de aquellas paredes de ese viejo almacén que hacía las veces de laboratorio de investigación. A ellos les bastaba.
Mario estaba desayunando tostadas con café. Al oír el chirrido de 13, se giró lentamente y, con una sonrisa en la cara, le dijo:
-Buenos días, 13.
-Buenos días, amo.- Contestó 13.
-No empieces tan temprano con esas estupideces, por favor. Sabes que odio esa palabra y sólo la dices para fastidiarme.
-Lo siento, Mario, consideré que sería oportuno empezar el día con humor.
-¿Qué ocurre, 13?
-Ya lo sabes.- Respondió 13.-Hoy es el día en que moriré.
-¿Todavía con ésas? Te he dicho que tus datos son incorrectos. No hay nada más allá de la barrera de fotones. Ningún humano o robot puede traspasarla. Es absurdo creer que la batería va a ser destruida. No te preocupes, en serio.
-Así será entonces.- Sonrió 13 de forma burlona.



